De piel morena, cara redonda y sonrisa fácil, Celia Inés Alfonso (de 24 años) es la primera mujer cazadora de monte, un cuerpo de élite del Ejército Argentino. Es una especialidad de combate, difícil y exigente, reservada hasta ahora sólo para varones. Correntina de pura cepa, de la ciudad de Santo Tomé



se preguntó ¿y por qué ella no? Egresada del Colegio Militar en 1997, como subteniente, obtuvo el título de enfermera profesional en el Hospital Militar Central, donde ejerció durante un año. En 1998, trasladada al Regimiento de Infantería de Monte, en Puerto Iguazú, Misiones, y luego de dos salidas al terreno, la terminaron por convencer. Intentaron persuadirla. No dio el brazo a torcer. "Tuve que superar cargadas y advertencias de todo tipo. Nada me importaba. Era un desafío para mí".

La primera etapa de la instrucción fue teórica y la segunda, en plena selva misionera. Con la mochila de 35 kilos sobre las espaldas, uniforme mimetizado, pintada con crema de enmascaramiento y pesados borceguíes, se lanzó a la aventura. Los primeros días fueron difíciles. Como le habían dicho, la trataron como una más. "Muchos querían que abandonase. No les di el gusto", sonríe. Después de 31 días a la intemperie, en la zona de Panambí, San Javier y Apóstoles, sin baño ni ducha, en medio del calor, la lluvia, la exuberante vegetación, los insectos y las alimañas, aprendió técnicas anfibias, pasaje de obstáculos, golpes de mano, infiltración e incursiones. Pasó algo de hambre y frío. "La ración eran dos latas de salchichas, una de picadillo de carne y otra de corned beef, un potecito de mermelada y un paquete de galletitas". Cuando escaseaba la comida, recurrió a la caña de azúcar, mandioca, zapallos y naranjas, que abundan en la zona. No cazó nada porque sólo se topó con cuervos y víboras. El agua la obtenía de arroyos, ríos y lagunas que purificaba con pastillas potabilizadoras. "Con mojarritas hacía una rica sopa con agua que hervía dentro de mi casco". Los mosquitos y jejenes la tuvieron a mal traer.
Subió y bajó de helicópteros en plena selva, cruzó ríos cabalgando en una soga tirolesa y sus compañeros la apodaron Demi Moore, comparándola con la actriz de la película Hasta el límite, donde la protagonista quería ser infante de marina. Confiesa que "nunca lloré porque soy dura pa´ soltar lágrima". La experiencia más ardua y que realmente la puso a prueba fue cuando la dejaron sola en medio del monte. Le fijaron un rumbo y debió internarse más de un kilómetro en la espesura, cortando ramas con el machete. "Eran las seis de la tarde. Alcancé la distancia, limpié el terreno golpeando la tierra para ahuyentar las víboras y ya acomodada, comí algo. Se hizo noche cerrada. Escuché el silbido del búho y el gruñido del chancho de monte. Tuve un poco de miedo. Me tapé con una manta y traté de dormir con la medalla de San Jorge entre los dedos. Abría los ojos a cada rato y miraba la hora porque a las 6.30 debía volver al lugar de partida para que me rescataran". El caso es que superó todas la pruebas.

El día de su cumpleaños volvieron al cuartel ya finalizado el ejercicio y no pudieron festejárselo. Al día siguiente la despertaron con una gran torta y, de regalo, el emblema del cazador de monte con la figura de un tigre, el diploma y un cuchillo con la hoja grabada como la primera mujer que obtuvo ese título. Sus padres y hermanos, tres mujeres y dos varones, se enteraron por los diarios de su travesura. "No quise preocuparlos", explica con una pícara sonrisa, un cuerpo de élite del Ejército Argentino. Es una especialidad de combate, difícil y exigente, reservada hasta ahora sólo para varones. Correntina de pura cepa, de la ciudad de Santo Tomé, se preguntó ¿y por qué ella no? Egresada del Colegio Militar en 1997, como subteniente, obtuvo el título de enfermera profesional en el Hospital Militar Central, donde ejerció durante un año. En 1998, trasladada al Regimiento de Infantería de Monte, en Puerto Iguazú, Misiones, y luego de dos salidas al terreno, la terminaron por convencer. Intentaron persuadirla. No dio el brazo a torcer. "Tuve que superar cargadas y advertencias de todo tipo. Nada me importaba. Era un desafío para mí".

La primera etapa de la instrucción fue teórica y la segunda, en plena selva misionera. Con la mochila de 35 kilos sobre las espaldas, uniforme mimetizado, pintada con crema de enmascaramiento y pesados borceguíes, se lanzó a la aventura. Los primeros días fueron difíciles. Como le habían dicho, la trataron como una más. "Muchos querían que abandonase. No les di el gusto", sonríe. Después de 31 días a la intemperie, en la zona de Panambí, San Javier y Apóstoles, sin baño ni ducha, en medio del calor, la lluvia, la exuberante vegetación, los insectos y las alimañas, aprendió técnicas anfibias, pasaje de obstáculos, golpes de mano, infiltración e incursiones. Pasó algo de hambre y frío. "La ración eran dos latas de salchichas, una de picadillo de carne y otra de corned beef, un potecito de mermelada y un paquete de galletitas". Cuando escaseaba la comida, recurrió a la caña de azúcar, mandioca, zapallos y naranjas, que abundan en la zona. No cazó nada porque sólo se topó con cuervos y víboras. El agua la obtenía de arroyos, ríos y lagunas que purificaba con pastillas potabilizadoras. "Con mojarritas hacía una rica sopa con agua que hervía dentro de mi casco". Los mosquitos y jejenes la tuvieron a mal traer.
Subió y bajó de helicópteros en plena selva, cruzó ríos cabalgando en una soga tirolesa y sus compañeros la apodaron Demi Moore, comparándola con la actriz de la película Hasta el límite, donde la protagonista quería ser infante de marina. Confiesa que "nunca lloré porque soy dura pa´ soltar lágrima". La experiencia más ardua y que realmente la puso a prueba fue cuando la dejaron sola en medio del monte. Le fijaron un rumbo y debió internarse más de un kilómetro en la espesura, cortando ramas con el machete. "Eran las seis de la tarde. Alcancé la distancia, limpié el terreno golpeando la tierra para ahuyentar las víboras y ya acomodada, comí algo. Se hizo noche cerrada. Escuché el silbido del búho y el gruñido del chancho de monte. Tuve un poco de miedo. Me tapé con una manta y traté de dormir con la medalla de San Jorge entre los dedos. Abría los ojos a cada rato y miraba la hora porque a las 6.30 debía volver al lugar de partida para que me rescataran". El caso es que superó todas la pruebas.

El día de su cumpleaños volvieron al cuartel ya finalizado el ejercicio y no pudieron festejárselo. Al día siguiente la despertaron con una gran torta y, de regalo, el emblema del cazador de monte con la figura de un tigre, el diploma y un cuchillo con la hoja grabada como la primera mujer que obtuvo ese título. Sus padres y hermanos, tres mujeres y dos varones, se enteraron por los diarios de su travesura. "No quise preocuparlos", explica con una pícara sonrisa

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