De vivir en una plaza a tener dos ferreterías

Sep 06, 2021

Por Aracelli Almirón

Francisco José Octavio Usinger tiene 50 años, es el dueño de los locales y en una entrevista con diarioepoca.com narró su historia de vida y dio detalles de esta profesión a la que define como “mucho más que un negocio, se trata de solucionar problemas de las personas”.

El 3 de sep­tiem­bre se ce­le­bró el Día del Fe­rre­te­ro, es­ta fe­cha conmemora la cre­a­ción de la Cá­ma­ra de Fe­rre­te­rí­as y Afi­nes de la Re­pú­bli­ca Ar­gen­ti­na (CA­FA­RA) en 1905. En es­te mar­co dia­rio­e­po­ca.com vi­si­tó a Fran­cis­co Jo­sé Oc­ta­vio Usin­ger, más co­no­ci­do co­mo “El Grin­go”. Él es fe­rre­te­ro y tie­ne 50 años; en­con­trar­lo es muy fá­cil, es­tá to­dos los dí­as de­trás del mos­tra­dor en su lo­cal ubi­ca­do en Me­dra­no al 1100, en el ba­rrio San Jo­sé. Su vo­ca­ción co­men­zó con su abue­lo, que fue uno de los pri­me­ros fun­da­do­res del Glo­bo de Oro en Co­rrien­tes y con­ti­núa con sus hi­jos, a quie­nes les en­se­ña sus prin­ci­pios a la ho­ra de aten­der a los clien­tes. 
El Grin­go lle­gó a Co­rrien­tes en el año ’91, no te­nía dón­de que­dar­se y vi­vió un tiem­po en la pla­za La Cruz. Con per­so­nas que lo ayu­da­ron en el ca­mi­no, así, con vo­lun­tad y cons­tan­cia con­si­guió va­rios tra­ba­jos, has­ta de­di­car­se a su ver­da­de­ra vo­ca­ción. 
El tra­ba­jo ho­nes­to y la pre­mi­sa de que na­die se sal­va so­lo sub­ya­cen du­ran­te to­do su re­la­to. Fi­nal­men­te, ha­ce ocho años lo­gró abrir su fe­rre­te­ría pro­pia, “la fe­rre­te­ría es un sue­ño que vie­ne de ha­ce mu­chos años”, di­jo. “Hay que lu­char, cuan­do uno es in­de­pen­dien­te cues­ta mu­cho sa­lir ade­lan­te”, ex­pre­só el tra­ba­ja­dor. Re­ci­be clien­tes del ba­rro Vi­lla Gar­cí­a, del ba­rrio San Jo­sé, del ba­rrio Uni­ver­si­ta­rio, has­ta del cen­tro, y las Mil Vi­vien­das, con­tó. Tam­bién le de­seó fe­liz día a los fe­rre­te­ros y pi­dió que “cui­den a la gen­te, cuan­do la gen­te en­tra a un ne­go­cio, se bus­ca dar­le una so­lu­ción”.

¿Có­mo se vin­cu­ló con su ofi­cio?
Mi abue­lo fue uno de los fun­da­do­res del pri­mer Glo­bo de Oro en Co­rrien­tes, mi abue­la fue di­rec­to­ra de la Es­cue­la Nor­mal de Ma­es­tras y fue un sue­ño. Vi­ne muy po­bre des­de el cam­po a vi­vir a una pla­za, con la va­len­tía y el va­lor de sa­lir ade­lan­te. Con sa­cri­fi­cio, aho­rro, ho­nes­ti­dad y tra­ba­jo lo­gré dos fe­rre­te­rí­as.

Di­jo que vi­vió en una pla­za y aho­ra tie­ne dos fe­rre­te­rí­as, ¿có­mo fue eso?
Vi­ne en el año 1991, vi­ví en la pla­za La Cruz, era lim­pia­vi­drios de la Ga­le­ría Ju­nín, lle­gué des­de el cam­po, en la zo­na de En­tre Rí­os, más pre­ci­sa­men­te de Vi­lla Ur­qui­za, 40 ki­ló­me­tros an­tes de Pa­ra­ná. Me vi­ne por no con­ge­niar más con mi fa­mi­lia en el as­pec­to de te­ner mu­cha ne­ce­si­dad, mu­cha ham­bre, y bus­ca­ba mi ca­mi­no. De­ci­dí que­dar­me en la pla­za La Cruz. Me cu­bría con la ro­pa que sa­ca­ban de los edi­fi­cios de la zo­na, y así sa­lí ade­lan­te.
Una se­ño­ra que te­nía una ca­sa de lim­pie­za me fió los ar­tí­cu­los ne­ce­sa­rios pa­ra que em­pe­za­ra a lim­piar vi­drios, y así co­no­cí al se­ñor Car­los Fiat, due­ño de Per­fu­me­rí­as Pa­rís, una per­so­na muy bue­na que me dio tra­ba­jo y ja­más le fa­llé. Des­pués, tra­ba­je en una em­pre­sa de me­di­ci­na pre­pa­ga y lue­go en una de elec­tri­ci­dad, con Mi­guel Pro­ko­piuk, una ex­ce­len­te per­so­na que me ayu­dó mu­chí­si­mo. Él me en­se­ñó mu­chas co­sas so­bre sa­lir ade­lan­te, era un hom­bre tra­ba­ja­dor y hon­ra­do. Fue­ron bue­nos ejem­plos en mi vi­da, no ca­er en vi­cios, no te­ner una “ma­la jun­ta”, ser ho­nes­to, no to­car na­da aje­no, esos son mis prin­ci­pios.

¿Des­de cuán­do fun­cio­na la fe­rre­te­rí­a?
Es­ta fe­rre­te­ría fun­cio­na ha­ce ocho años, la fun­da­mos el 23 de di­ciem­bre, em­pe­za­mos ese dí­a, el 24 de di­ciem­bre tra­ba­ja­mos to­do el día y el 25 de di­ciem­bre tam­bién. Des­de en­ton­ces, atien­do de co­rri­do, de 8 a 20, de lu­nes a sá­ba­dos, y los do­min­gos, de 8:30 a 14. Siem­pre hu­mil­de y tra­ba­ja­dor, cues­te lo que cues­te, hay que le­van­tar­se, hay que ti­rar pa­ra ade­lan­te. 
El se­gun­do lo­cal lo abrí con mi ac­tual pa­re­ja y tra­ta­mos de cre­cer de a po­co, pe­ro ho­nes­ta­men­te. Esa otra su­cur­sal que­da por Go­doy cruz 1340, se lla­ma fe­rre­te­ría “La Grin­ga”.

¿Có­mo se tra­ba­ja en el día a dí­a?
De­man­da sa­cri­fi­cio, en es­tos dí­as que cam­bian cons­tan­te­men­te los pre­cios hay que es­tar to­do el tiem­po pen­dien­tes de la com­pu­ta­do­ra, con la lis­ta de pre­cios. Hay que aten­der, ade­más; de­man­da mu­cho la bue­na aten­ción al pú­bli­co, que el clien­te se va­ya con la res­pues­ta co­rrec­ta y con una so­lu­ción. No­so­tros pa­sa­mos a ser co­mo el mé­di­co, ellos vie­nen con un do­lor o un pro­ble­ma, no­so­tros te­ne­mos que ali­viar ese do­lor y ese pro­ble­ma.
Te­ne­mos que sa­ber, te­ne­mos que es­tar téc­ni­ca­men­te pre­pa­ra­dos, por­que hay mu­chas fe­rre­te­rí­as que no lo es­tán y ven­den por­que les in­te­re­sa ven­der por bul­to o can­ti­dad y no les in­te­re­sa en­se­ñar o ca­pa­ci­tar a las per­so­nas. 
Acá vie­ne mu­cha gen­te, yo les en­se­ño y me agra­de­cen por­que les sir­ve, yo apren­dí mu­cho y me gus­ta en­se­ñar lo que apren­dí.

¿Có­mo le afec­tó a la pro­fe­sión la pan­de­mia?
La pan­de­mia no nos afec­tó tan­to, lo que nos afec­tó mu­chí­si­mo fue la in­fla­ción y la fal­ta de mer­ca­de­rí­as. Se tra­ba­jó muy bien a prin­ci­pios de pan­de­mia, se ven­día mu­cho, pe­ro cuan­do lle­ga­ba el mo­men­to de re­po­ner la mer­ca­de­rí­a, las em­pre­sas ha­bí­an ce­rra­do y no dis­tri­buí­an, en­ton­ces nos que­dá­ba­mos con la pla­ta, pe­ro la pla­ta se de­va­lua­ba por­que su­bí­an to­dos los pre­cios y no se po­día re­po­ner el stock.

El lo­cal es aten­di­do por us­ted y su fa­mi­lia, ¿qué sig­ni­fi­ca pa­ra us­te­des la fe­rre­te­rí­a?
La fe­rre­te­ría es un sue­ño que vie­ne de ha­ce mu­chos años, es un sue­ño que cos­tó mu­cho y me emo­cio­na que mis hi­jos ve­an lo que su pa­dre lo­gró de la na­da, tra­ba­jan­do, lu­chan­do y mos­trán­do­les con el ejem­plo que to­do es un sa­cri­fi­cio en la vi­da. Yo no ne­ce­si­to nin­gún tí­tu­lo de fa­mo­so fe­rre­te­ro gi­gan­te, yo lo que ne­ce­si­to es que mis hi­jos es­tén or­gu­llo­sos de mí.

Si tu­vie­ra que des­ta­car al­go de la pro­fe­sión pa­ra los lec­to­res, ¿qué les di­rí­a?
Les di­ría a los lec­to­res que es im­por­tan­te que va­yan a un ne­go­cio en el que los atien­dan con res­pe­to por­que es im­por­tan­te la bue­na aten­ción, la per­so­na que es­tá de­trás del mos­tra­dor tie­ne que ser edu­ca­da y re­ci­bir­los con los bra­zos abier­tos. 
Cuan­do en­tra un clien­te a una fe­rre­te­rí­a, de­po­si­ta la con­fian­za de su ho­gar y de su fa­mi­lia. No es so­la­men­te una fe­rre­te­rí­a, es un ne­go­cio de ba­rrio, que es un com­pa­ñe­ro más de la so­cie­dad. 

“Cosito del coso”

¿Có­mo re­suel­ven la clá­si­ca pre­gun­ta del “co­si­to del co­so”?
Hay que apren­der a es­cu­char, no hay ne­ce­si­dad de sa­ber mu­cho, si te das cuen­ta de lo que quie­re la per­so­na, la po­dés ayu­dar. El “co­si­to del co­so” es al­go que nor­mal­men­te a mí no me gus­ta, no me gus­ta esa for­ma de re­ac­cio­nar an­te las per­so­nas, yo no ten­go nin­gún car­tel de esos. Apren­dí pa­ra en­ten­der a la gen­te, pa­ra en­se­ñar a la gen­te. 
Así en­tien­do al sor­do­mu­do y a los cie­gos cuan­do vie­nen con sus ex­pli­ca­cio­nes. Es un or­gu­llo ayu­dar­les, al igual que a la gen­te gran­de, la gen­te ma­yor no sa­be es­pe­ci­fi­car lo que quie­re, en­ton­ces uno tra­ta de ayu­dar­los, les en­ten­de­mos con ges­tos de la ma­no, tra­tan de ex­pli­car­te, mi­ran pa­ra to­dos la­dos y vos tra­tas de ver. 

Por Aracelli Almirón
Redacción época