Urgente es hablar con sentido

Jun 10, 2021

Por Adalberto Balduino

Es mucho más que eso, es entendernos. Poner las prioridades en fila de uno, para que todos podamos obtener una respuesta a nuestras dudas, sin privilegios solamente desde el lugar que corresponde.  En orden, con idénticas posibilidades para todos, pero en concreto buscando una fusión entre interrogantes y soluciones. No hablar sin decir nada, sino expresándonos con propiedad para así arribar a finales constructivos. Mucho antes de la pandemia, no entendernos ha sido la rutina, por eso hablar por el solo hecho de hablar no condujo a nada. Nos mortificamos ante la falta de respuestas pero tampoco nos preocupamos en que nos entiendan y los entendamos. Podríamos tal vez tomar las palabras de un periodista calificado como lo es Javier Sampedro, si bien su mirada más bien apunta a su tarea informativa, pero es el camino que debemos generalizarlo: “Nuestro trabajo es una forma de rebelarnos contra la consagración de la mentira que estamos viviendo.” Tiene mucho de común y del defecto de nuestra expresión que generalmente no llega a fines vitales. En  cuanto a lo específico atinente a la prensa, también tiene que ver con “Hablar urgente” para que nuestras dudas tengan respuestas racionales, duras tal vez pero ciertas, apelando a otra frase que nos pone de frente al origen de muchos males: “La función de un periódico es decir la verdad o lo que en ese momento más se aproxima a la verdad.” En este licuado de preguntas sin respuestas coherentes, todo mensaje adolece de elocuencia. Por ejemplo, siguiendo nuestro estilo de falta de respeto, desde el origen cometemos deslices: un periodista pregunta al entrevistado, y mientras inicia la desenvoltura de darle coherencia esgrimiendo las palabras que mejor ilustren a la inquietud formulada, no le dan el tiempo suficiente porque ya se viene como una andanada de “artillería” repreguntas que eclosionan en algún tramo porque el tiempo le es insuficiente para reconstruir el punto inicial, y mucho más por enmendar lo que queda de él. Un equívoco común mal hecho y que poco bien le hace a su imaginado profesionalismo periodístico, porque uno deduce lo que nos enseñaron: la figura debe ser el entrevistado no quién entrevista. Por qué, aludo al periodismo, porque es lo que más se nos parece a nuestro comportamiento de dialogar, ya que es reflejo patente de lo que sucede. Reina el desconocimiento que complica la locuacidad entre personas, se altera el mensaje tan importante, pasando a segundo plano las urgencias que lo motivan y descubriendo otras que desvían la idea central, pasando a otro andarivel de mano distinta. Esa falta de formación lo confirmamos desde los comunicados del gobierno hasta lo cotidiano; una periodista del Canal 26 de Televisión capitalino, equivocó con Shakespeare, el primer vacunado contra el covid, con Williams el escritor, y lo mató por segunda vez. Porque el vacunado falleció, y Williams hace mucho ya lo había hecho antes tiempo atrás. Pareciera ser que los equívocos en este mundo tremendamente comunicado, han crecido coleccionando toneladas de preguntas, inquietudes, propuestas, sin respuestas que solamente alteran el tráfico de la comunicación individual y colectiva.

Es verdaderamente un caos la pandemia, un ataque por sorpresa contra un enemigo común que se lo conoce únicamente por la afectación de la vida, aferrado por supuesto a la economía de los pueblos, con las consecuencias sociales y de salud mental como valor agregado. Pero, no obstante tampoco alcanza para justificar la mediocridad, más aún los desbordes autoritarios, y todas las violencias que emergen como hongos.

La humanidad siempre ha tenido a mano la capacidad de poder imaginar tiempos mejores, como cabal muestra de esperanzada fe, por eso se ha permitido que cada uno bordara su mejor tapiz donde un mundo posible enmendaría con visión inteligente otro donde las respuestas sean realidades que nos otorgue por siempre, bienestar, paz y armonía. A propósito la escritora canadiense Margaret Atwood, como abrevándolo para que crezca con fuerza dijo: “Las utopías van a volver porque tenemos que imaginar cómo salvar el mundo.” La imaginación tiene el poder absoluto de incentivar los más caros sueños, haciendo posible el camino que separa los bocetos de la verdad constructiva, columnas firmes donde los proyectos se plantan y se elevan desafiantes al cielo.

Urgente es hablar con sentido. No dar lugar a desplantes o titubeos, sino hacer que nadie se fugue por la tangente, porque la curiosidad del bien común requiere de valentía para encarar de una buena vez esa falta de talante. El uno, no interesado, escapándose ante la presión sin esgrimir respuestas responsables, y el otro quizá por respeto excesivamente dimensionado teme romper la pomposidad de un protocolo supuestamente correcto. Son preguntas que hace rato nos debemos para que se vuelva a encarrilar la responsabilidad de un poder donde el autoritarismo omnímodo, parece ser la única opción. Porque como dijo oportunamente el Obispo Oscar Ojea, Presidente de la Conferencia Episcopal: “Sin unidad, la pobreza seguirá siendo una realidad que humilla.” Siempre traigo a colación lo expresado por la escritora Ayn Rand, porque las expresiones de los notables advierten y permiten vislumbrar, cómo argumentar y mejorar nuestros reclamos cuando la urgencia y el sentido común lo hacen imprescindibles. En el momento mismo en que las palabras agotan sus reclamos, “una soga” siempre “salva vidas”: “Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada, cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores, cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti, cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto-sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.” Me parece consecuente estas palabras, cuyo autor desconozco, de raíz hispánica, que hablan de cómo reconstruir lo mal hecho si aún todavía hay tiempo para ello, abonando la idea de cómo devolverle a las palabras urgentes sin respuestas, una explicación posible: “Con trajinadas manos / de buscavidas americanos / se alzan paraísos / entre las nubes, piso por piso. / Ángeles harapientos / llevan al cielo departamentos. / De andamios y tablones / miran por dentro los escalones. / Que hagan de otra manera / los ascensores y escaleras. / Que suban para abajo / y los de arriba les den trabajo. / Nidos de amor en serie / y fortalezas para el dinero, / y ellos a la intemperie / o amontonados en moridero. / Esto señor / cámbielo pronto para mejor”. / Uno se prende de lo que tiene, y es justamente la palabra la conexión que nos ata, porque de ella surgirán las gestiones, el afecto, pero más que nada la explicación de los por qué, que crecen en dudas. Son como pancartas que las pintamos y luego nos guardamos, porque amén de portarlas, muchas no son contestadas, la mayoría, que inundan nuestras miradas entorpeciéndonos la buena visibilidad de las cosas. Una larga mirada se merece respuestas amontonadas, porque asumir es responder pero más que nada comprometernos. Comprometidos es la única forma de avanzar. Compartir sueños que pronto dejarán de ser. La realidad demora. Tarda, no viene. Se hace urgente hablar, pero mucho más urgente es, responder.

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral